Por Ángel Guerra Cabrera
A un año de la elección de Barack Obama, el saldo de la política de Estados
Unidos hacia América Latina es muy desfavorable para sus pueblos y lejana de
las expectativas de un trato más amistoso generadas durante su campaña
electoral.
Hagamos un somero recuento de los tres asuntos fundamentales que en este
año muestran a las claras un rumbo imperial de arremetida contra América
Latina.
A dos meses de la llamada Cumbre de las Américas, donde Obama anunció una
nueva etapa en la relación con los vecinos del sur, se produjo el golpe de
Estado en Honduras, dirigido -como afirmó Hugo Chávez- al eslabón más débil
de la Alba. Tal vez otro de los objetivos de las fuerzas de ultraderecha del
establishment involucradas fuera desacreditar las expectativas sobre las
presumibles buenas intenciones de Obama hacia Latinoamérica, pero si el
cuartelazo, como ha trascendido, salió de la base de Soto Cano, con la
aprobación del Comando Sur, de funcionarios del Departamento de Estado y con
la complicidad del mismísimo embajador estadunidense Hugo Llorens, ¿no es
Barack Obama en su condición de cabeza del Ejecutivo el comandante en jefe
de las fuerzas armadas y el superior de la señora Clinton? Lo cierto es que
han pasado más de cuatro meses desde el golpe y las acciones del gobierno de
Obama han sido débiles, tardías y contraproducentes al objetivo proclamado
de restituir al presidente Zelaya.
Con la mediación de su vasallo Óscar Arias, Washington dio respiración
artificial a los golpistas justo en el momento en que quedaron totalmente
aislados y repudiados por la ONU, la Unión Europea y hasta por la OEA. Más
tarde, en el momento en que el ingreso clandestino de Zelaya al país unido
al empuje de la resistencia popular ahondó la crisis política de la
dictadura, el Departamento de Estado y la Casa Blanca prosiguieron
alimentado un marco negociador que enfatiza en reconocer a la dictadura como
actor principal de una solución política, como se ha demostrado en los
últimos días. Sus acciones, en suma, han ido encaminadas a socavar la
legitimidad del presidente Zelaya y a que, en el mejor de los casos, se
le restituya sólo con carácter protocolar y sin tiempo para influir en el
resultado de las elecciones del 29 de noviembre, las mismas que Estados
Unidos y la OEA pretenden convalidar no importa el clima de represión masiva
y ausencia de las más elementales garantías democráticas que las ha
precedido. Todo sin tocar un pelo a los golpistas, ni desmantelar la
estructura institucional en que se originó el golpe, ni sancionar a los
autores de la feroz represión desatada. Todo, en fin, a espaldas del pueblo.
Por otro lado, tenemos las siete bases militares de Estados Unidos en
Colombia y con ellas la cesión adicional a la fuerza aérea de la potencia
del norte de siete aeropuertos civiles del país para que también los utilice
a su antojo. Como bien dice el documento del Pentágono cuyo facsímil publica
la revista colombiana Semana en su última edición, se trata de una
oportunidad única para realizar operaciones contra gobiernos
antiestadunidenses. Léase Venezuela, Ecuador, Bolivia, Paraguay, Nicaragua,
El Salvador, Guatemala; no se diga Cuba y, ¿por qué no?, también podrían ser
Brasil y Argentina. En fin de cuentas lo que decida Washington según su
conveniencia. Es muy certero afirmar que Colombia se ha convertido en una
gran base militar yanqui y dada su privilegiada posición geográfica se
transforma por eso en una amenaza sin precedente para la libertad y la
independencia latinoamericanas que exigirá una gran batalla popular por
sacar esas bases.
El otro asunto que pone en solfa toda la retórica obamiana de una nueva
etapa en el trato con América Latina es el bloqueo a Cuba, que continúa
intacto, infamia que el gobierno de Estados Unidos intenta justificar, como
se vio en boca de su representante en la ONU Susan Rice después de la
condena a la medida genocida por 187 de los 192 estados miembros del
organismo. Es penoso el espectáculo de una inteligente mujer
afroestadunidense de antecedentes progresistas trasformada en una arrogante
vocera del cruel castigo al pueblo cubano, pero en el fondo, como en el caso
de Obama, ocurre que quieran o no, al llegar a la Casa Blanca o claudican de
sus anteriores ideales o tienen que irse, como ha ocurrido ya con varios de
los colaboradores del afroestadunidense.
Fuente:
http://www.jornada.unam.mx/2009/11/05/index.php?section=opinion&artic...
Tomado de
http://www.hondurasenresistencia.com/index.php?option=com_content&vie...
--
Lic. Rosa Cristina Báez Valdes
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